El Malaguita en Cracovia (tercera parte) Auschwitz y Birkenau.

Accediendo a las cientos de miles de peticiones para escribir la nueva entrada sobre Auschwitz y Birkenau me hallo aquí dispuesto a satisfacer vuestros mas profundos deseos, que más profundamente serán satisfechos cuanto más buenas estéis.

Intento hacer memoria sin parar de mirar una pegatina de esas que llevan los plátanos y que alguien ha dejado pegada en el filo del monitor. Más que probablemente para evitar que a la hora de su uso se le quedara pegada en los pelos del culo. El hecho de estar en alemán no ayuda mucho a mi concentración. Y además no os puedo decir lo que pone porque si os lo dijera os tendría que matar, o en su defecto, mandar una katana a vuestra casa para que os hicierais el ara kiri vosotros mismos y evitar una hecatombe mundial solo comparable a los cables de wikileaks… que si no sabéis qué son, eso que os ahorráis.

Así que vamos al lio. Después de una noche completa de recuperación a base de cubatas de Żubrówka con zumo de manzana (por eso de que no es bueno quitarse de golpe). Me di cuenta de que el sol entraba  por una de las ventanas del pub donde me encontraba. Hasta el punto que pude ver los restos de cuatro vampiros derretidos en el suelo a los que el sol había pillado con el carrito de los helados… O quizá eran cuatro potas, no lo sé bien. La cosa es que me dispuse a marchar a la visita que había contratado el día antes a los famosos campos de concentración que salen en las pelis como “La vida es bella” en la que sale un Padre haciéndole creer a su hijo que están en un concurso y que toda la gente de allí está en esa situación porque quieren un tanke gratis, vamos… si eso lo llegan a hacer en Cataluña pues se entendería, y quien dice un tanke dice un vale gratis para el macdonal, que joder! La pela es la pela. Pero yo llego a ser el niño y nada más que entro y echo un ojo les invito a todos a que se metan el cañón del tanke entre pecho y espalda.

En fin, que me voy por las ramas. Era un día de mucho calor. Pillamos el autobús y el camino duró alrededor de una hora, ahora mismo no recuerdo bien, el vodka se quedó con el 50% de las primeras horas de ese día. Además nos pusieron un documental soporífero en una tele de 14 pulgadas con subtítulos en Español que solo llegaba a leer el único que se quedó dormido en todo el trayecto. Yo en cambio hice como que me interesaba los primeros 5 minutos, luego me preocupé mas de no echar la pota en el autobús que en otra cosa. No fue fácil, pero lo conseguí. Esta vez me encontraba con Javi y Elena, la pareja tan maja que me encontré en las minas de sal, aunque no tuvimos tanta suerte, ya que el grupo era de unas 15 personas y no pudimos disfrutar de la exclusividad del anterior tour :D.

Una vez allí nos dieron unos auriculares que están conectados por radiofrecuencia al micrófono de tu guía. Como veis, todo es tecnología punta, señores. Empezamos por Auschwitz, un pequeño campo de exterminio. Donde nos explicaron que las personas iban allí prácticamente a morir y los barracones eran esencialmente porque las cámaras de gas y las incineradoras tenían un cupo diario y los que no podían ser asesinados el mismo día que llegaban eran hacinados como animales a la espera de su turno tras pasar por una puerta donde se puede leer en alemán “el trabajo nos hace libres”.

Es en este famoso campo de exterminio en el que se pueden ver las famosas montañas de pelo humano, zapatos, gafas, maletas, miembros ortopédicos e incluso ropa de bebé que todos hemos visto en algún documental. Vamos, ríete tú de cuando tu madre te dice que tienes la habitación hecha una mierda.

La visita es bastante interesante. Lo que vas a ver no es nada agradable y lo harás a través de un cristal. Todo parece bastante ajeno, muy lejano. Pero en algunos momentos del recorrido tomas conciencia de la extrema gravedad de todo lo acontecido en ese lugar. Y para mí, ese momento llegó cuando atravesé un pasillo lleno de fotos de los prisioneros que pasaron sus últimos momentos en Auschwitz en las que podías ver la fecha de ingreso y la de defunción. Siendo en la mayoría de los casos no mayor a unas semanas e incluso unos pocos días. Ésto ayuda a ponerle rostro a todo lo que has visto y todo lo que vas a ver a partir de ese momento. Esas caras aún tenían voces. Cada una de esas miradas enfermas reflejaban la infinita levedad de una vida que llegaba a un fin terrible.

Como puntos destacados, podría hablar de una de las partes que más me impresionó por su clueldad. Era el edificio del juzgado donde los reos esperaban la resolución de su condena. En este edificio se pueden ver varios tipos de celdas. Entre las que se encontraban celdas incomunicadas, algunas en las que se encerraban a los prisioneros sin luz durante días o semanas, otras donde se les privaba de comida y creo que la peor de todas era una que solo medía un metro cuadrado y en las que metían alrededor de 4 personas durante gran parte del día y de la noche. Y en la que obviamente, por falta de espacio tenían que dormir de pie. La visita terminó en las cámaras de incineración. Es algo que no se puede contar con palabras. Pocas veces una sala tan pequeña y vacía puede despertar tantas emociones, de hecho, el grupo permaneció unos 2 o 3 minutos allí. Tiempo más que suficiente al no haber más que dos hornos y paredes de cemento.

Abandonamos Auschwitz y pusimos rumbo a Birkenau, el campo de trabajo. La diferencia entre estos dos campos son notables, no solo por el tamaño, sino también porque el primero era un campo de exterminio y éste último un campo de trabajo. Aquí los judíos trabajaban y la calidad de vida era de algún modo, sensiblemente superior. Aunque no por ello se pudiera considerar mínimamente digna en ninguno de sus aspectos. Cabe destacar que las vías del tren fueron ampliadas para permitir un fácil acceso a las cámaras de gas y que la gente era seleccionada “a dedo” ya que no había tiempo para un análisis médico exhaustivo. Es decir, mujeres, niños, ancianos y enfermos a las cámaras de gas y el resto a trabajar hasta morir. Si bién Auschwitz se ha convertido en un museo, Birkenau es solo un enorme terreno lleno de barracas al que no se debe dejar de ir. Entre las cosas mas impactantes que ver en este sitio se encuentran uno de los vagones para transporte de ganado que los nazis usaban para trasladar prisioneros en viajes que solían durar semanas o incluso meses y que una vez cerrados no se volvían a abrir hasta llegar a su destino.

También podréis ver y tocar las literas donde los judíos descansaban de infinitos días de trabajo, los retretes que eran unos agujeros sin salida y en los que algunos judíos con suerte trabajaban durante todo el día retirando los excrementos con cubos y las manos desnudas. Digo con suerte porque ellos mismos lo consideraban así al estar bajo techo y trabajar en un edificio en el que los alemanes se negaban a entrar por asco y miedo a las enfermedades.

Al terminar la visita volvimos al autobús, dejando atrás todos los malos rollos aunque el recuerdo de todo aquello posiblemente me acompañe para siempre y al llegar al centro me fui directo a visitar la fábrica  de Schindler situada muy cerca del gueto judio. Es un museo sobre la historia Polaca, muy bien hecho, bastante divertido y muy bien ambientado que recomiendo visitar tras hacer el tour gratuito por el barrio judio ya que esa es la última parte del recorrido y además te hablan bastante en profundidad sobre la vida de Oscar Schlinder, todo un personaje donde los haya que nada tiene que ver con el retratado en la película y del que posiblemente escriba un post si algún día me sale de los bajos.

Recordad que tenéis que ir guardando dinero para comprar mi libro 🙂

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